domingo, 13 de diciembre de 2009

Hoces del Riaza: viento frío dominguero.

Pelada de viento fuerte y frío esa mañana que me perdí de nuevo en el monte (qué gusto) Allí están. Mis amigas, pero éstas son de otros prados. Desde lo alto del saliente de piedra que hay que sortear para continuar hacia la ermita del Casuar observo como avanzan por la ribera del Riaza y atravesando la parcela labrada. Me parecía estar viendo los movimientos de cebras africanas o bisontes americanos en busca de renovados pastos: en hileras tan precisas como improvisadas, que lo arbitrario de la madre natura no deja de admirarme. Algo sucede, que no llego a divisar desde donde me encuentro, pues unas cuantas responden con un trote corto y, por empatía, las de delande las imitan. Otro trote, ¿qué ocurre? No lo veo. Se desbaratan las líneas blancas sobre la tierra parda en decenas de puntos descolocados. No veo ni pastor ni perros... ni lobo, ni Caperucita... ¿? ¡Qué cosas maravillosas y al mismo tiempo absurdas! Y ese instinto de supervinvencia que "vaya usté a saber"... En la siguiente estampida veo que son perseguidas por un cardo corredor que el viento mueve a su albedrío. Prosigo río arriba... Pero esa es otra historia ( sin lanudas esta vez)

jueves, 5 de noviembre de 2009

Hoces del Duraton: otoño seco y sorpresa



2 de noviembre de 2009
En lo inmensos cañones de las hoces, el rebaño de ovejas pasa casi desapercibido entre el paisaje. Todas menos dos, las negras.
Caminando, empecé a oir cada vez más cerca la sinfonía de los cencerros y cuál fue mi sorpresa cuando ladera abajo aparecieron: comiendo mientras avanzaban, ajenas a mi presencia, media centena de ovejas. Yo caminaba entre chopos, peonías y endrinos, y seguí adelante hasta encontrar un hueco soleado donde comer. Lo encontré. De nuevo la cencerrada empezó a crecer. Ya estaban ahí otra vez. Al llegar a mi altura se pararón. La que parecía encabezar la procesión me miraba. Todas me miraban. Poco a poco la primera avanzó y le siguieron las demás. Caminaban, se paraban, me miraban. Se paraban, me miraban. Me miraban. De nuevo sola, rodeada de hojas secas y unos rayos tímidos, regresé desandando mis pasos.