2 de noviembre de 2009
En lo inmensos cañones de las hoces, el rebaño de ovejas pasa casi desapercibido entre el paisaje. Todas menos dos, las negras.
Caminando, empecé a oir cada vez más cerca la sinfonía de los cencerros y cuál fue mi sorpresa cuando ladera abajo aparecieron: comiendo mientras avanzaban, ajenas a mi presencia, media centena de ovejas. Yo caminaba entre chopos, peonías y endrinos, y seguí adelante hasta encontrar un hueco soleado donde comer. Lo encontré. De nuevo la cencerrada empezó a crecer. Ya estaban ahí otra vez. Al llegar a mi altura se pararón. La que parecía encabezar la procesión me miraba. Todas me miraban. Poco a poco la primera avanzó y le siguieron las demás. Caminaban, se paraban, me miraban. Se paraban, me miraban. Me miraban. De nuevo sola, rodeada de hojas secas y unos rayos tímidos, regresé desandando mis pasos.
